viernes, 15 de abril de 2016

sed y ser

Yo estoy demasiado tranquilo desde hace tres años. Ya no puedo recibir de estas soledades trágicas nada más que un poco de pureza vacía. Me voy.
La náusea, Jean-Paul Sartre.
(para escuchar)
 Pierrot le fou, Jean-Luc Godard, 1965.

Tendrás que perdonarme, Consuelo, por haberme referido aquella vez a la vida como una eterna ilusión de eventos inoportunos. Toda la gente que conocemos, todas las personas que de un modo u otro aparecen representadas en nuestra panorámica, no son más que experiencias de la memoria, pequeñas dosis de acalorado placer. A veces regalado, a veces sufrido. Pero así estamos, Consuelo, tan vagamente cercanos a nuestros sueños, tan cruelmente estancados en la realidad de nuestra condición.

Todos aquellos que me conocen preguntan cuándo me voy, y yo respondo, Consuelo, con un leve chasquido de dientes, quizá también con cierto fraude, que ya hace tiempo que me fui. Y ellos ríen porque me creen loca (¿Acaso lo estoy?). No conciben mi respuesta como algo certero. Pero yo sé, Consuelo, que mi cuerpo exige el estado de ataraxia que jamás ha palpado. La liberación de la nostalgia, el abatimiento, el malestar. Sed de lo intrépido, del amor –del verdadero amor.

Es cláusula común, y perdona mi osadía, bañarse en llanto seco (tú bien lo sabes), buscar el alivio en el padrenuestro, implorar que el olvido no sea bagaje pesado, sino tiempo enclaustrado en los años y en el recuerdo. Tiempo que echa a volar, Consuelo, con los pájaros, con los deseos. Poemas de amor, malintencionados, que prometen y ríen; pálpitos nada bienaventurados, latidos atroces que desgarran el afecto y lo convierten en comida para perros. Si estamos solos, Consuelo, es porque no confiamos. Pero pronto dejarán de añorarnos y seremos al fin reposo, quietud. Seremos armonía. Seremos libertad. 

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