sábado, 2 de septiembre de 2017

132 hospital de la paz - moncloa


Creí que este año había tenido ya suficientes remordimientos, creí que, diciendo: fui yo, soy un animal; creí que haciendo eso evitaría tener que pagar, pero tuve que pagar, papá tuvo que pagar, yo contesté (¿lo hice?): te lo devolveré todo, hasta el último centavo, te lo devolveré. Creí que algún día me lo perdonaría, me perdonaría el fracaso, pero no puedo, no me siento capaz, no estoy, no debería asustarme, sin eso, creo que también lo sueño sin que nadie me vea, lo sueño como un castigo, vale, ya he acariciado suficientes cuerpos por este año, he acariciado suficientes finales. Creí que ya había superado sentirme extraña aquí, no puedo: este calor, este materialismo, este acné, este estudio de la mediocridad, de la mediocridad que está siendo y será y todavía puede ser aún más grande, más corpórea, más… no lo es, espera un segundo, es tan solo un sencillo cuestionario, algo que se supone que tiene que acabar por sí solo.

Pero es todo tan perverso, mira, es uno de los problemas: la destrucción del orden –que parecía ocultarse y se presta a volver a empezar–; escucha, lee esto de Mallarmé: pues mártir soy, que viene a compartir el lecho / donde el rebaño humano, se revuelca extasiado / (…) ¿Dónde huir, en la revuelta inútil y perversa? Nunca he gritado tanto, nunca he tenido tanto miedo. Escribo sobre la pesadumbre, no puedo dejar de pensar que ya no me queda vida que amar, sino traición. Ya no camino: yerro. ¿Cómo no va a preocuparme el tiempo? ¡Mira cuántas dudas, cuántas pérdidas! Este, este es el verdadero problema, obsérvalo bien: está despojado de voz y extinto de memoria.