sábado, 30 de junio de 2018

25 años o cómo aprender a estar sola



Dornbirn, 24 de junio de 2018
(A un día de cumplir los veinticinco)


A veces, en esta tierra de acogida, me voy sola al río y allí me veo llorar mientras mi cuerpo permanece flotando en las aguas de bajo caudal. Las piedras que otros cogen para dar fuego o simplemente para llevárselas como tesoros a casa, rozan mi cuerpo inmóvil que badea gracias a la corriente que lo mece y mece, hasta que se encoge por sí mismo a causa de la humedad. Me veo llorar, mirando al cielo, un cielo azul que podría compararse al de región pero que, sin embargo, no advierte nada más que una triste realidad.

Me veo llorar y escucho a los niños, al viento, a la tarde, al agua; lo escucho todo, la vida que parece ser más de los demás que mía. Aprendo a estar sola, ya ni me molesta escuchar las puertas cerrarse, las idas y venidas. Escribo esto desde la lucidez de la memoria, aquí y ahora, antes de que el tiempo emborrone la realidad y no me recuerde en el futuro llorando sola en este río.

A mi modo, tras cualquier luz, todavía existe un corazón esperando a escuchar, obstinadamente dinámico, dispuesto a quedarse, tan exacto como heterogéneo. ¿Qué es lo que puedo hacer yo también? El vértigo que se engrandece a cada día y que anida en cada parte de mi rostro. Y yo aprendo con él a estar sola, rezando para reconocerme todavía como humana mientras afuera de mí el día se acaba y yo, ebria por no decir todo lo que quisiera decir, me observo desde las distintas historias que me cuentan. Tantas, tantas historias que yo, junto a ellas, a mis veinticinco años, envejezco mientras aprendo a estar sola, devorando con mis ojos la vida que me dio mi madre, que es mía y solo mía, aunque la viva sin pena ni gloria, con este nombre falso que me dieron sin pedirme tan siquiera permiso.