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jueves, 23 de abril de 2015

a partir de la observación de un tordo


Aquel sábado amaneció soleado y con una pequeña ventolera que agitaba levemente las persianas de la casa. Hacía calor, un dato curioso si tenemos en cuenta que por aquella estación era frecuente la humedad y el frío. Había decidido acompañar a papá a comprar unas lechugas, lechugas que, según me dijo, se vendían por unos cincuenta duros cada una. A mí me pareció una idea excelente, ya que estar en el pueblo sin hacer nada tras varios días de silencio y paseos por las mismas calles, resultaba ser una tarea dura y aburrida. Así que subí al coche con él y dejé que el aire entrara por la ventanilla en todo momento, pues, como bien he dicho antes, aquel día hacía calor. Papá me advirtió sobre la corriente y el daño que podía causar en aquel mes del año el contraste de temperatura. Como siempre que hablaba de esas cosas, no lo escuché demasiado.
No tardamos mucho en abandonar la carretera que estaba bastante deteriorada y adentrarnos por unos caminos bastante estrechos. Papá se quejaba porque hacía poco que había lavado el coche y se le iba a manchar de polvo. Yo miraba a través de la ventanilla el paisaje seco. Pensé que si seguía haciendo calor de aquella manera, los campos no retomarían su habitual color verde y los agricultores no podrían labrar sus tierras. Un incordio para las manos que no pueden dejar de trabajar, me dije. En la radio sonaba un emergente grupo de country.
—Cada vez me gusta más esta música —le comenté a papá. Y entonces él sonrió y sus ojos azules brillaron.
—Normal, hija, normal —sólo dijo eso. O sólo recuerdo que dijera eso.
Me acordé puntualmente del gallo que tenía mi abuela. Cómo cantaba de alto, cada mañana, molestando a los inquilinos de la gran casa donde nos alojábamos en los calurosos meses de verano. Aquel sol actuaba de la misma manera que el gallo, o al menos así lo estimé. No tardamos mucho en llegar a los grandes invernaderos donde estaban las lechugas —y también había tomates, y pimientos, y cebollas, y toda clase de hortalizas que quisieras adquirir. Papá me dijo que aquellos hombres, hermanos solteros, vivían de ello. Me comentó que cogían la furgoneta e iban a los mercadillos a vender todo lo que estaba viendo allí. Yo veía muchas cosas y pregunté si eran de buena calidad, y él me dijo que sí, que si no, no estaríamos allí. De repente apareció uno de los hermanos —Pablo, creo que se llamaba— y saludó a mi padre. Lo conocía muy bien porque su tono de voz era amigable y al estrecharle la mano no hubo ninguna particular confrontación incómoda. A mí me saludó con la cabeza, un gesto parcial. No llevaba camiseta y su cuerpo estaba terriblemente bronceado y rojo. Tenía bastante pelo en el pecho y una barriga enorme y fea. También vestía una gorra roja, unos pantalones cortos y unas deportivas con calcetines blancos. Tras un exhaustivo estudio físico, decidí irme a indagar por los alrededores mientras papá y Pablo hacían negocios.
Vislumbré en mi pequeño paseo una furgoneta abandonada. Me acerqué a ella. Había un montón de cachivaches inútiles alrededor; estaba apoyada en un nogal enorme cuyas ramas todavía estaban desnudas y grises. Había un tordo descansando en una de ellas. No paraba de emitir un sonido seco, reclamando tal vez a otro compañero o sintonizando, más bien, su deseo de hambre a la naturaleza. Lo observé atentamente, estaba en una de las ramas más cercanas a la furgoneta. El automóvil había sido el antiguo vehículo de los hermanos, pero por entonces ya resultaba ser un desecho más que, en ese lugar, evocaba lo inservible, lo roto y lo oxidado. Había también un montón de moscas y me pareció que olía a animal muerto. Pensé, ¿cómo puede estar esto así? Pero mi pensamiento no podía cuestionarse más cosas porque no conocía la historia de aquella furgoneta, ni la historia de los hermanos, ni la historia de aquel nogal ni mucho menos la historia de aquel tordo.
Oí a la lejanía la voz de papá hablando con Pablo. Miré de reojo una vez más la peculiar figura de aquel hombre y luego posé de nuevo mis ojos en la furgoneta. Saqué una foto y la miré. Entonces empecé a pensar que tal vez aquella furgoneta no sólo había trasladado alimentos, sino también personas. Quizá Pablo y su hermano fuesen héroes clandestinos, más allá de su amor hacia Dios y la Patria, más allá de su amor hacia las hortalizas y las prostitutas —porque si eran solteros de alguna manera tendrían que amar, ¿no? Amar pagando, pero sin dejar de ser eso, amor: amor de alquiler, amor a cambio de un kilo de tomates o un par de berenjenas—. A lo mejor salvaron vidas y también animales, o a lo mejor no. Quizá sólo transportaron alimentos. Pero el vínculo fraternal los mantenía unidos y los había permitido trabajar juntos como socios. Socios de sangre. No sabía cómo se llamaba el hermano de Pablo. De hecho creo que no estaba allí cuando fuimos nosotros; de no ser así, no lo vimos. Puede que estuviera trabajando en uno de los cobertizos. No percibí movimiento secundario.
El calor estaba siendo insoportable, pero yo seguía frente a la furgoneta y encima de mí estaba el tordo. Buscaba alguna pista que hablara del pasado de los hermanos, algo que reflejara la consecuencia de la inutilidad de la furgoneta. Si bien todo tiene un fin, aquel transporte desde luego se había jubilado desde hacía ya varios años. Pero Pablo y su hermano perduraban. El vínculo fraternal del que he hablado antes. Pablo no parecía ser muy mayor, pero le vi bastante encorvado —puede que a causa de la vida en el campo— y con un rostro cansado. Me miré las manos; mis manos, que nunca habían labrado al sol ni habían sufrido los estragos de una azada o un corte profundo. Las manos son importantes y las manos de aquellos hombres posiblemente habían pasado por mucho: habrían estado apoyadas en el volante, palpando las verduras, amainando el sudor de la frente, desenredando el cabello grasiento, acariciando la piel del amor alquilado…, (¿sujetando un cuchillo?) En cualquier caso la soledad les permitió cultivar hortalizas y ser auténticos siervos del sol, el trabajo y quizá también de sí mismos.
No soy quien para juzgar a nadie, ni mucho menos puedo tener la osadía de definir la actitud de aquellos hombres de alguna manera concreta. Pero eran conocidos en todo pueblo y su antigua y abandonada furgoneta era una reliquia monumental en aquellas tierras visibles al ojo humano. Mientras el tordo cantaba, deduje que tenía que intentar conocer a través de todos esos desechos el ocaso de sus vidas. Intentar saber que a lo mejor Pablo estuvo alguna vez prometido con una muchacha. Que fueron los dos en esa furgoneta a cualquier otra parte. Que quizá no la amaba o sí la amaba y ella murió y el compromiso se canceló. O que quizá ella lo abandonó porque no lo amaba o que quizá fue él en realidad quien lo hizo. A lo mejor dijo: no estoy hecho para el lecho matrimonial, sino para el lecho vocacional. Y su hermano se emocionó porque el sufrimiento de ser alguien solitario podía ser compartido con otra persona cuyo linaje estaba fuertemente unido por las mismas dificultades. O tal vez la furgoneta se había estropeado y los hermanos desde entonces estaban malditos y quedaron así, solos. O estaban malditos de antes y por eso la furgoneta se estropeó. O puede que tal vez la vida fuera la razón de todo y yo estuviera desvariando demasiado a causa del calor. En cualquier caso fue la voz de papá la que me sacó de mi ensimismamiento y no el vuelo que emprendió el tordo cuando se cansó de mendigar atención en aquella vieja y gris rama.
Por eso cuando nos fuimos de allí con un par de lechugas y la figura de Pablo volviéndose a adentrar de nuevo en el invernadero, papá me dijo:
—Un buen hombre, este Pablo. Lástima lo de su tristeza, pero vive de ella.

domingo, 15 de marzo de 2015

sobre algo que cuenta alguien

Le dije al pequeño Tomás que dejara el martillo en el suelo porque al final se acabaría haciendo daño. De fondo mi madre gritaba y decía que me acabara la merienda porque estaba harta de que tardara siglos en comer un simple bocadillo. En el fondo estaba realmente estresada porque el calor solía acelerarle el pulso. Tenía la imperiosa manía de tenerlo todo muy milimetradamente controlado y si no se hacía a su manera, lo mejor que podíamos hacer era escapar tan rápido como pudiéramos. Yo aquella tarde no quería salir a jugar porque me sentía triste. Las razones las desconozco. Pero era una especie de tristeza no muy común en los niños. Cuando estaba en ese estado actuaba de forma extraña; mi madre creía que era cosa de la edad, pero hoy en día sigo haciéndolo —aunque sea a escondidas. Empezaba mordiéndome las uñas y luego hablando solo. En cualquier caso hablar solo nunca me ha parecido una acción de dementes, es más, siempre lo he justificado como la aceptación de que uno mismo se cae bien y mantiene de vez en cuando conversaciones con su otro yo, que puede ser bueno y otras veces malo. Pero, como te iba diciendo, aquel día estaba triste y le había dicho al pequeño Tomás que dejara el martillo en el suelo porque al final se acabaría haciendo daño. Naturalmente el pequeño Tomás no me hizo caso. A lo mejor era una de las causas por las que me encontraba mal. No lo sé. Mi padre aquella mañana le había gritado a mi madre unas cosas terribles y yo lo había escuchado todo. A lo mejor también era por eso, y a lo mejor es por eso por lo que ahora no puedo escuchar a nadie discutir sin que me entren unas espantosas ganas de vomitar y de llorar.

Esto en un chico no suele ser bueno, decía mi abuelo. Quería que fuera uno de esos personajes importantes de la política, pero a mí la política no me gustaba porque la veía muy ficticia y muy de «lección aprendida a la cuarta vez por malos estudiantes». Mi abuelo decía que yo podía cambiar la situación en la que vivíamos, que un país de locos podía ser gobernado sabiamente por un loco más apasionado y su particular forma de vida. No sé qué quería decirme con eso. Supongo que quería expresar que en cierto modo era especial. Pero no sé por qué, si luego me decía que llorar en público era de débiles. Mi madre trataba de convencer a mi abuelo diciendo que eso me hacía humano y sensible y que de mayor muchas chicas iban a querer estar conmigo porque sabría empatizar con sus problemas. Cuando lo decía su mirada se volvía nostálgica y su tono de voz sonaba cansado. Quizá deseaba que mi padre fuera así y que no la gritara tanto. A mí tampoco me gustaba que mi madre me gritara pero sabía que a veces no me portaba bien y que era imposible no reñirme. Puede que mi padre gritara a mi madre por el mismo motivo. Bueno, eso es lo que creí durante unos años, luego descubrí que ellos también estaban tristes consigo mismos y que lo ocultaban con esas voces y esos alborotos que despertaban al abuelo y a mí me hacían sentir extraño. Y aquel día finalmente el pequeño Tomás se hizo daño con el martillo y rompió a llorar. Y yo dejé mi bocadillo a medias y también lloré. Mi madre nos miró y durante un momento nos gritó cosas horribles, como aquella mañana le había gritado mi padre, pero luego también lloró. Así que lloramos los tres. Y al llorar creo que nos sentimos bastante bien porque nos pusimos de acuerdo en algo. Es difícil que la gente se ponga de acuerdo en algo, pero nosotros lo hicimos. Supongo que aquello nos hizo sentir como una verdadera familia. Qué lástima que no volviera a repetirse.

sábado, 15 de marzo de 2014

Me di cuenta de que odiaba Ring of fire de Johnny Cash cuando, estando en el coche de papá, sonó en la radio y sentí unas náuseas terribles:

—¿Estás bien?
—Sí.

Pero yo notaba que mi palidez era notable y que la cabeza me daba vueltas. Papá seguía hablándome, pero a mí me zumbaban los oídos y apenas alcanzaba a escuchar lo que decía.

I went down, down, down
and the flames went higher

¡Qué sensación de intemperante escapismo! Mi cuerpo se hizo pesado, mi vista nebulosa. El cansino ritmo agobiando y la horrible y dicharachera trompeta maquinando el pobre sonido de la guitarra era lo que más asco me producía. O era eso o era que aquella canción me recordaba a mi estancia en Alemania y a la vez que mi jefe puso el disco de Johnny Cash tres veces seguidas. Que yo trabajara en un antro abarrotado de borrachos y música country sólo significaba una cosa: dinero, dinero para poder quedarme allí todo el verano y conseguir subsistir de mala manera; también para poder llevar a Cody a sitios raros con algo de yerba en los bolsillos laterales de la mochila.

and it burns, burns, burns
the ring of fire

El viernes que conocí a Cody era un viernes cualquiera. Pero era julio. Trabajaba unas siete horas. Estaba implícito en la necesidad de ganar dinero, lo de explotar al cuerpo, digo. Todo transcurrió con normalidad hasta que la gente se volvió como loca y empezó a pedir cervezas como si hubiera una oferta o se hubiesen acordado de que era viernes y que yo podía satisfacer sus necesidades beodas porque era la única que estaba tras la barra. En verdad estaba bloqueada, los pies no se movían, no respondían, estaban pegados al suelo. Un tipo bigotudo me hablaba de la crisis, la voz detonante de aquel alemán amargado nubló mi deseo vivir; en el momento en que conseguí un poco de paz, mi jefe puso el disco de Johnny Cash tres veces seguidas. No sé qué diablos les pasa a los alemanes con este tipo y Phil Collins, pensé mientras secaba vasos. Mi jefe debió ver mi cara de sufridora y decidió perdonarme la vida dejándome ir a medianoche con más de cincuenta pavos en el bolsillo.

Entonces me fui a Wiley y al entrar tuve una especie de espasmo; aquel campus universitario era alcohol puro, la gente bebía de todas las formas posibles, hacían kamasutras con la maldita bebida. Decidí que necesitaba un trago y fui a la barra a por él. Allí conocí a Cody. Llevaba una de esas horribles camisetas a cuadros verdes y el pelo grasiento. Me gustó. A veces esas cosas pasan. Dejé que me invitara a una copa y también al asiento trasero de su coche. No le hizo falta decir nada para que yo dijera todo y acabara dándole mi teléfono.

A partir de ese momento empezamos a quedar cada viernes en su casa, por seguir la tradición. Fumábamos cachimba y luego hacíamos el amor en su cama, que no tenía somier. Por tradición él tampoco decía nada y yo hablaba por los dos. Me sentaba en la ventana y, mirando hacia la ciudad en posición soñadora, le hablaba de mis amores, tan asquerosos como un plato de lentejas un martes cualquiera. Él fumaba en la cama y me escuchaba, a veces venía conmigo y nos dábamos de fumar el uno al otro, otras veces se quedaba en el colchón corrigiendo las cosas que decía mal.

Un viernes me presentó a sus amigos, tipos majos; dos de ellos pseudointelectuales, los otros dos tenían las neuronas epilépticas por culpa de la yerba. En un intento de reflexión sobre lo que es la vida para el pájaro que no puede volar, sonó Ring of fire en el tocadiscos. Yo sentí deseos de ponerme a chillar sin razón aparente, por entonces no sabía que odiaba la canción, simplemente tuve esa necesidad. Cody me puso la mano en la rodilla y me dijo «du bist zu heiß» en un intento de hacerme sonrojar.

Love is a burnin’ thing,
and it makes a fiery ring

No sé si llegué a querer a Cody, de ser así lo hice por casualidad en un momento cualquiera. Él me dijo una vez que le recordaba a una chica que le había gustado mucho, estábamos fumando un canuto cuando lo confesó. Yo no dije nada, estaba concentrada en las os de humo que salían de mi boca. Tenía la voz ronca de Cash incrustada en la cabeza y canturreé inconscientemente «the taste of love is sweet when hearts like ours meet». Cody sonrió, unos hoyuelos aparecieron en su mejilla, luego todo se convirtió en materia erótica y nos comimos la vida allí mismo, entre papeles arrugados y bolsas vacías de patatas fritas.

Cody fue una de esas cosas que me gustaron de mi estancia en Alemania. Me descubrió que el sexo en el suelo no tiene por qué ser incómodo, que si el pájaro no puede volar es porque está enfermo. Que yo odie Ring of fire de Johnny Cash no significa que esa no sea nuestra canción. Si la odio, de hecho, es porque soy bastante rara; que alguien como Cody se fijara en mí sólo dice una cosa: que él también era bastante raro. Cada uno se complementa con quien puede, o al menos eso me dijo una vez mamá.

martes, 22 de octubre de 2013

Cómo me gustaba verla recogerse el pelo. Cogía un boli, se enroscaba la mata oscura como un remolino, hacía así, así y así, y luego, con el bolígrafo, sujetaba el moño. Y ya está, eso era todo, pero cómo me gustaba mirarla, a ella, cuando ponía ojillos de cordero degollado porque quería dormir y no la dejaba, porque a mí me apetecía más quererla a mi manera o hacerla querer a mi manera, y a veces ella gritaba, cuando le gustaba, y otras veces no lo hacía, pero yo sabía que dentro de ella hervía el grito, como el sudor en mi frente, como aquel octubre enfermo que vivimos. Enfermo de locura, locura como beberse litros de café frío y seguir pidiendo más y más y más. Y más.

Y cómo me gustaba que ella entrara en mi habitación y manoseara la ropa de mi armario, probándose mil jerseys y no dejándose puesto ninguno. De cuando me abrazaba con sus piernas y me lamía la cara, dejándome la baba en la comisura de la piel. Pero yo no fruncía el ceño ni la reñía porque me gustaba que lo hiciera, al igual que también me gustaba que corriera desnuda por la casa, cantando la canción que siempre quise que alguien me dedicara, pero que no conocí hasta que ella me dijo que la escuchara porque le recordaba a mí, a nosotros, a aquella vez en la que vimos una película y pedimos comida china. Ella manchó mi colcha de grasa y pidió perdón porque no había sido su intención, pero yo estaba tan enamorado que no me importó en absoluto tener que pagar dinero para que la colcha volviera a estar impecable. Impecable como la lágrima que corrió por su mejilla la primera vez que hicimos el amor, que lo hicimos de verdad; nos abrazábamos con tanta fuerza que la vida se nos hacía pequeña, y la noche, tan eterna en el colchón y tan ruidosa ahí fuera, no nos permitía separarnos porque después de acabar nos besábamos durante minutos, minutos que se hacían horas, horas menos para levantarse e irse al trabajo. Pero a quién le importaba si nos teníamos a nosotros, en ese momento, inmortalizando los primeros rayos de sol en la penumbra de su cabello, ese que tanto me gustaba mirar cuando se lo recogía, se lo lavaba, se lo rizaba, se lo alisaba.

Y cómo me gustaba que me llamara, que dijera «hoy vamos al cine», e íbamos al cine, al cine de las sábanas blancas, pero también al cine de verdad, a ver sus malditas películas de género independiente, que no me gustaban más que dos o tres, pero que no me importaba ver porque me gustaban sus críticas y sus reflexiones al salir, cuando el frío flagelaba nuestro cuerpo y ella decía, decía, «qué perra es a veces la existencia del hombre, tan afortunada y desventurada, tan de ellos y nuestra». Y ella creía que era uno de esos individuos malditos porque no encontraba su sitio en el mundo, pero que al menos me tenía a mí, a su chico europeo, y me tiraba del moflete y el chicle se me pegaba en los dientes. Y cómo me gustaba mirarla mientras hablaba, y hablaba, y volvía a hablar, y no paraba de auto preguntarse qué sería de ella el día de mañana, y yo apoyaba mi barbilla en su cabeza y ella cerraba los ojos, se dejaba llevar por mi silencio, y me besaba, la besaba, nos besábamos. Me decía que me quería, y yo también, porque la quería, la quería de verdad pero llegó un día en que ella comenzó a referirse a nosotros como un desayuno simple, sin zumo de naranja, y ya no entraba en mi habitación, ni me lamía la cara, ni gritaba fervientemente cuando yo quería que gritara, sino que gritaba cuando a ella le apetecía gritar, gritarme, porque decía que estaba harta de las diferencias tontas, de mí, de mis gestos de chico europeo, de que la noche fuera eterna y nosotros no.

Y ya no me gustaba verla con el pelo recogido, ni con el pelo suelto, ni rizo, ni liso, ni me gustaba que me llamara para ir al cine. Detesté ir al cine. Pero todo esto no era verdad, ni siquiera el pretérito perfecto, porque no podía hacerlo, seguía gustándome su manía de cambiar el verbo en las oraciones, de comer algo dulce antes que salado. Me seguía gustando todo cuanto éramos, nuestro imperio de Ozymandia derrumbándose en nuestras pupilas, en las voces cargadas de reproches.

Ella se fue. Yo no me fui. Nunca me fui. Nunca me he ido. Aún mantengo la esperanza de que me llame y me diga «hoy vamos al cine»; vamos al cine, vamos a bebernos, a comernos, a vomitarnos, pero vamos. Ven. Voy.
                                               No, ella no viene.
                                                            No vendrá.
                                                                   Pero cómo me gustaba verla recogerse el pelo.

viernes, 7 de junio de 2013

—Te estás quedando en los huesos —me dijo, y lloré calcio en silencio.
—Si me despojara de la ropa podrías comprobar que no es así —intenté defender la postura de mi figura—; no soy solo huesos, también tengo piel, escamas y alguna que otra pluma incrustada.

Él sonrió, pero lo hizo de manera cáustica, sin aparentar que su deseo iba más allá de una indecisión crítica. Noté su preocupación, su codicia de atosigarme con consejos baratos sacados de un manual de filosofía de mercadillo, así que suspiré de forma metódica para que supiera que la veda de interpelaciones estaba abierta. Todo estaba encaminado hacia el declive, tenía que saberlo.

—¿Cómo estás? —La esperada pregunta se formuló al fin en sus labios agrietados a causa del estrés.
—Todo lo bien que puede estar una tipa que lucha consigo misma todos los días —bosquejé a media voz, y me senté en el suelo, cruzándome de piernas. Al soltar eso me sentí aliviada, como cuando tienes una necesidad apoteósica de deshacerte de algo que lleva comiéndote las entrañas durante mucho tiempo. Era una sensación lenitiva que ya había percibido anteriormente, cuando remedié un picor punzante a base de mordiscos en la epidermis.

No pretendía acaparar su atención, no, la atención es algo que siempre he suscitado desde el momento en el que cruzo el umbral de una puerta, así que no hizo falta poner cara de muñeca trágica para que él supiera que lo que acababa de decir era una cosa cierta, que el tono empleado  era el mismo tono tranquilo con el que podía llegar a pedir una Coca-Cola. Por eso él permaneció quieto, mirándome desde la bitácora espacial de su pupitre, sin fruncir el ceño como siempre hacía, sin arrugar los labios para coger carrerilla y comenzar su rutinaria maratón de reconvenciones. No. El silencio estaba tan presente en aquellas cuatro paredes que hasta podías llegar a tocarlo. Sentí que me estremecía, pero reprimí el impulso de encogerme de hombros para no mostrar que, en realidad, mi reciente confesión había salido de mi boca como si fuera un boomerang herido sin la menor intención de volver a su lugar de origen.

—No es la primera vez que te escucho decir eso —se cruzó de brazos; el movimiento repentino de su extremidad, allá en el sur de su geografía, permitió que el perfume que tanto lo caracterizaba llegara hasta mis pituitarias. Lo absorbí ansiosa.
—Supongo que tampoco será la última —alcancé a decir cuando me recompuse de aquel dulce ataque—. No es nada nuevo ni tampoco raro que una persona eche de menos algo. ¿Sabes? He sobrevivido a dos guerras civiles contra mi mente y a una mundial contra la gente, creo que merezco una medalla conmemorativa o algo así. Pasar a la historia como una kamikaze persuasiva, ¿no crees? Se necesita crear un Imperio para acabar con esta plaga de conocimientos vacíos supurados por el miedo de la guillotina vital. Hasta los cafés me saben a signos de interrogación.

Se acercó a mí. Me rodeó con su brazo derecho y me miró fijamente a los ojos. Nunca los había visto tan azules. Me besó en la frente y después me acarició el cabello. Por un instante pensé que le había causado lástima y que había actuado así porque no quería que rompiera a llorar como una niña pequeña. No tenía ninguna intención de hacerlo, pero en aquel momento me entró una quemazón en el pecho y noté que los ojos se me llenaban de agua. Me sentí muy tonta. Tragué saliva y me recompuse inmediatamente.

No volvió a decir nada, ni a preguntar nada, ni a reprochar nada. Su actitud había adoptado la actitud de un hombre enamorado —o eso especulé— y lloró conmigo de forma taciturna. No dejó que yo volviese a hablar. El brillo de su mirada se fue volviendo más y más quebradizo y yo pestañeé varias veces porque me convertí en un individuo cohibido y diminuto al que se le podía aplastar con tan solo un inocente gesto. Apoyé mi cabeza en su pecho y él comenzó a respirar paulatinamente. Eso sólo podía significar una cosa: el mar estaba en calma. Agarré con fuerza la esquina de su camisa tejana y cerré los ojos fuertemente; aquel mes de junio estaba siendo el mes del cataclismo, pero ya pasaría.

sábado, 11 de mayo de 2013

El viaje en canoa por el café de la mañana. Es una de las imágenes más nítidas que recuerdo de la infancia. Mamá siempre hacía tostadas y las cubría de mantequilla y mermelada. Mamá con ese pelo color tierra húmeda, con ese bucle tan caótico cayendo por su espalda, una eterna oda a la belleza de los treinta años, al redimir de las tormentas sin rayos y truenos, a los acentuados elementos de la ruptura ocasional con la madurez. La canoa siempre quedaba flotando en el líquido color canela y, con una pequeña cucharilla metálica y brillante —porque en ella se reflejaba el brillo del sol—, descargaba la ira de mi sueño, intentándola hundir como si fuera un ser vivo. Pero siempre volvía a la superficie, la muy truhana, siempre, como una pluma que nunca se desliza en el sentido correcto, como si la canoa, con forma de cereal de trigo, quisiera ser vista, vista como el estupor de un mundo creativo, como un auténtico cortocircuito del alma. Y luego la cucharilla formaba remolinos, y el líquido color canela se convertía en un perpetuo carrusel que giraba y giraba, y la canoa se hundía otra vez, y salía a la superficie, y chocaba con la pared de porcelana, y volvía a hundirse, y volvía a salir, y yo sentía cómo mamá mordisqueaba con dientes de conejo la primera tostada.

El sol entraba por las rendijas de la ventana y yo procuraba no mirar de lleno porque me hacía daño a los ojos, a mis ojos de delicado color miel, miel mezclada con tierra húmeda, como el pelo de mamá, pero sin bucles ni nada que se le asemejara porque no quería convertir mi iris en algo estrambótico. Los pájaros revoloteaban ahí fuera, sí, y en la radio sonaba una vieja canción cuyo nombre nunca he sabido pero cuyo ritmo siempre tengo en la cabeza como un tambor que hace pum, pum, aunque la voz de la mujer ya se ha oxidado un poco y sólo queda un vago eco pululando por ella. Percibí que el café se enfriaba, ese café que no era café sino cacao, pero que yo me empeñaba en llamar así porque quería ser mayor y tomarlo como mamá. Y mamá me miraba mientras masticaba su tostada y la estridencia del pan crujiente sonaba en su boca cerrada, en ese pico de oro que a veces soltaba palabras de cobre; me miraba con ese reproche típico de las madres que te hace actuar de inmediato, por lo que le pegué un gran y prolongado trago a mi café.

Sonreí a mamá y sentí el caminillo fresco del café en mi labio superior; mamá asintió con la cabeza y siguió diseccionando su tostada, ya casi leyenda en aquella mañana. Lo estaba haciendo bien porque ella no había abierto su boquita para decirme algo, salvo un dulce «buenos días»; un «buenos días» que repercutió en mis oídos como la canción que sonaba en la radio y cuyo nombre nunca he sabido. Es una de las imágenes más nítidas que recuerdo de la infancia. El olor quemado del pan supurando el de la mañana anterior y el color granate de los azulejos intensificándose a medida que el tiempo pasaba. Y mamá curioseaba los armarios mientras untaba su tostada, y su mirada emitía un brillo provocado por el anterior abrazo de papá, y yo estaba terminando de beber mi café cuando un estridente sonido invadió la cocina y el resto de la casa, y mamá dejó caer la tostada al suelo y yo la miré con sorpresa porque mamá nunca hacía eso, pero ella no dijo nada y me agarró bruscamente de la mano para llevarme a un sitio en el que nunca antes había estado.  Me dejó sola con aquel cabañal de café en el labio superior, sin saber por qué me había llevado ahí y qué sonido había sido ese. Ella me dijo que esperara, que volvería en seguida, y me trancó con llave, y yo esperé, esperé durante horas hasta que me quedé dormida de tanto esperar. Cuando abrí los ojos había un hombre que me miraba con minuciosidad y yo pegué un pequeño gritito del susto, y él me acarició el pelo y me cogió en brazos. Yo pregunté por mamá pero nadie me dijo dónde estaba. «Es demasiado pequeña para entenderlo» oí que decía, y yo eché un vistazo a mí alrededor, algo desorientada, porque la casa estaba hecha un desastre. De repente tuve la certeza de que no volvería a ver a mamá y pensé en la canoa de cereal de trigo porque me di cuenta de que la había dejado navegando pobremente en un charco de café.